LITERAT., Novela|30/03/2012 12:00

Lazarillo de Tormes

A mí me llaman Lázaro de Tormes

Imprescindible para comprender los orígenes de nuestra novela: Lazarillo de Tormes.  

 “Y pues Vuestra Merced escribe se les escriba y relate el caso muy por extenso, pareciome no tomalle por el medio, sino del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona”

 La anterior cita perteneciente al prólogo del Lazarillo, resumiría la intencionalidad con la que Lázaro de Tormes, pregonero de Toledo, escribe este relato. La obra es presentada como una epístola que respondería a un acto de obediencia respecto a un destinatario desconocido. El personaje-protagonista de la obra (Lázaro de Tormes) escribe el relato homónimo en primera persona en respuesta a una petición de un corresponsal anónimo (“Vuestra Merced”) para informarle sobre el misterioso “caso” del que habla en el prólogo.

Resulta complicado resumir en unas líneas un libro cuyo contenido literario y extraliterario ha permitido que las diversas y múltiples interpretaciones de lectores y críticos sean tan antiguas como el propio libro.

El crítico Francisco Rico identificó el “caso” con la historia que se cuenta en el último capítulo: la supuesta relación adúltera de la mujer de Lázaro con el Arcipreste de Sant Salvador. Por lo tanto, desde el principio queda configurada la estructura del libro ya que la mayor parte de las anécdotas están articuladas en cuanto a ese final.

Lázaro a través de siete tratados cuenta en primera persona quién es, cuál fue su infancia y a los amos a los que sirvió con el fin de justificar esa situación final:

“Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí me llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca.”

 El autor en el Tratado I nos presenta a un personaje de baja extracción social  obligado por sus circunstancias familiares y sociales desde muy temprana edad a valerse por sí mismo:

“En ese tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a el.”

 El proceso de aprendizaje había comenzado. Lázaro empezará a servir a diferentes amos. Los tres primeros tratados son más extensos que el resto, la narración avanza más lenta y nos ofrece un mayor número de detalles. En ellos se produce un clímax ascendente en el que cada uno de los amos (el ciego cruel, el avaro clérigo y el hidalgo pobre) le hace pasar más hambre que el anterior, pero a la vez consiguen que Lázaro despierte a la vida y ponga en juego toda su astucia para sobrevivir:

“Parescióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño dormido estaba. Dije entre mí: “Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pero solo soy, y pensar cómo me sepa valer.”

 Si el ciego fue un amo cruel, al menos le proporcionaba de vez en cuando algo que llevarse a la boca. Con su segundo amo, el clérigo de Maqueda, un hombre avaro y mezquino, Lázaro desfallece de hambre y su único deseo es acudir con su amo al mayor número de entierros posibles porque esta serán las únicas ocasiones en la que podía comer hasta hartarse:

“Porque en todo el tiempo que allí estuve, que sería cuasi seis meses, solas veinte personas fallescieron, y éstas bien creo que las maté yo, o, por mejor decir, muerieron a mi encuesta, porque viendo el Señor mi rabiosa y continua muerte, pienso que holgaba de matarlos por darme a mí vida.”

 Herido y maltrecho, Lázaro llega a Toledo donde encuentra a su tercer amo, el escudero. Si con los dos primeros amos, Lázaro hubo de agudizar su ingenio para procurarse comida, con el escudero, la suerte seguía sin acompañarle y ahora no solo debía preocuparse de alimentarse él sino también de alimentar a su amo:

“Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que, escapando de los amos ruines que había tenido y buscando mejoría, viniese a topar con quien no sólo no me mantuviese, mas a quien yo había de mantener.”

 Los tratados IV (fraile de la Merced) y VI (capellán) son más esquemáticos que los tres primeros, la mayoría de la crítica está de acuerdo en señalar que el proceso de aprendizaje de Lázaro ha finalizado y por eso los tratados se acortan. Un poco más extenso será el quinto en el que Lázaro deja de ser protagonista del relato para ser un mero espectador de los tratos del buldero como astuto embustero “entre la inocente gente.”

En el séptimo y último tratado se nos da a conocer la situación actual de Lázaro: pregonero de oficio y casado con la criada del arcipreste de Sant Salvador.

“En este tiempo, viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de mi persona el señor arcipreste de Sant Salvador, mi señor, y servidor y amigo de Vuestra Merced, porque le pregonaba sus vinos, procuró casarme con una criada suya (…)Mas malas lenguas, que nunca faltaron ni faltarán, no nos dejan vivir, diciendo no sé qué de que ven a mi mujer irle a hacer la cama y guisalle de comer (…) Hasta el día de hoy nunca nadie nos oyó sobre el caso; antes, cuando alguno siento que quiere decir algo della, le atajo y le digo: (…) Que yo juraré ante la ostia sagrada que es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo. Quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él.”

A pesar de esta situación, por la que “Vuestra Merced” le pide explicaciones a Lázaro, él cree encontrarse “en la cumbre de toda buena fortuna.”

 Para apreciar cualquier obra literaria debemos hacerlo en su contexto. Pensemos que una narración como el Lazarillo suponía para un lector de mediados del siglo XVI una gran novedad: una novela autobiográfica en un ambiente contemporáneo en un lenguaje llano, sin artificios. Seguramente muchos de estos lectores caerían en la tentación de identificar al personaje con el autor del libro y más aún cuando parece que la firma del autor no era otra que el nombre del protagonista. El lector de la época estaba acostumbrado a novelas de héroes idealizados cuyas acciones se desarrollaban en espacios y tiempos lejanos y que estaban escritas en un lenguaje arcaizante (libros de caballerías, novelas sentimentales, bizantinas o  pastoriles entre otras). En el Lazarillo los lugares y los personajes resultaban familiares a los españoles de mediados del XVI por tanto, era probable que ese lector de 1500 tomara como verdadero el relato e incluso identificara la persona de Lázaro de Tormes con el autor de la obra. Según Francisco Rico, “cuando el lector de 1544 superaba la instancia de dar al Lazarillo por real y se percataba de habérselas con una ficción, se encontraba de pronto con la especie más nueva de la literatura moderna: la novela realista.”

 

 Imprescindible

Título: Lazarillo de Tormes

Año de publicación: 1554

Edición recomendada: Edición de Francisco Rico en la editorial Cátedra.